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Opinión Echeagaray 120719

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Sin palabras

Salvador Echeagaray, Máster en Filosofía

Viernes-12-Julio-2019

Antes se decía televisor, ahora se dice pantalla; antes se decía teléfono, ahora cel.

Así, muchas cosas han ido cambiando de nombre o se han agregado nuevos términos para designar objetos o situaciones antes desconocidas. “Mándame un whats”, pedimos, cuando antes decíamos “mándame un mail”, y más atrás “me dejas un recado, o un papelito”. No usábamos la palabra ‘digital’ con tanta maestría. Hablábamos de números dígitos en la clase de matemáticas, y después hubo estéreos digitales, porque tenían botoncitos en vez de la ruedita con la que sintonizábamos las frecuencias radiales.

Y es que todos estos cambios generan nuevos nombres, y a los apelativos que ya estaban se les asocian nuevos conceptos o ideas. Esto provoca —entre otras cosas— la confusión de los términos, o sea, el no entender las palabras, y en otros casos, el ignorar muchas de ellas. Por eso una mayoría usa el término ‘deste’ para referirse a algo: “Pásame el deste” o “se me olvidó la desta”.

Pero lo más grave es que se provoca un caos semántico (de significado) si no sabemos dar nombre a objetos y situaciones. Y es que la realidad o el ser de las cosas tiene un nombre o debe tenerlo (incluso en el Génesis se menciona que Dios puso a Adán a nombrar las cosas). Y con este vértigo de nuevos nombres o de nuevas cosas que usan un nombre de otras, ya conocidas, creamos confusión o la tergiversación de lo real.

Así, multiplicamos términos equívocos, que son el mismo nombre para cosas muy diferentes. Por ejemplo, el término ‘gato’ designa a un animal y un juego, pero también es un sirviente o un objeto para levantar un auto y cambiarle la llanta. Y eso es lo de menos. Hoy tenemos una sola palabra para muchas cosas.

Tanta confusión provoca también en muchos el alejamiento de las ganas de aprender todas las denominaciones, y se crea lo que llamamos una restricción semántica. Así que no nos sorprenda que nuestros jóvenes y buena parte de la población tengan sólo unas cuantas palabras para nombrar las cosas.

Hagamos un ejercicio: escuche a un grupo de muchachos (hoy les dicen millennials) y cuente las palabras y el número de veces que las repiten. Advertirá que las más usadas son ‘mames’ y sus derivados, ‘wey’ y otras, pocas pero innombrables.

Así que pongamos más atención —los padres de familia— desde que nuestros hijos empiezan a hablar. También es necesario que los docentes atiendan esta situación, no sea que luego regresemos a la Torre de Babel, pero al revés: nos quedaremos sin palabras.

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