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Opinión Echeagaray 170120

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Belleza y fealdad

Salvador Echeagaray, Máster en Filosofía

Viernes-17-Enero-2020

Presenciamos un hermoso atardecer. Sentimos la brisa del mar. Escuchamos el ruido de las olas. Miramos cómo el cielo se viste en tonos naranjas, rojos, púrpuras. Conmueven el ánimo hasta la admiración plena. Ni el más afamado pintor habría igualado las texturas creadas en el lienzo celeste. Y ante tal visión, no podemos dejar de exclamar: ¡qué belleza!

Algo similar sucede cuando contemplamos a una persona cuyas formas son proporcionadas y armónicas. Si además un trato amable y bondadoso corona los atributos de ese ser, solemos decir: ¡qué belleza!

Pero ¿qué es la belleza?

La palabra “bello” proviene del latín bellum, que alude a lo que es agradable de ver. La filosofía realista ha definido lo bello como “el esplendor de la forma” (splendor formae).

¿Y qué es esplendor? Es algo que ha alcanzado su máxima perfección, en tanto que “forma” es el conjunto de líneas y contornos que delimitan a ese algo.

Por tanto, lo que reúna esas características puede considerarse, sin lugar a duda, bello. Por desgracia, hoy en día, en estos tiempos de híper modernidad o postmodernidad (como quieran nombrarla) hay una obsesión extrema por la belleza, o lo contrario, se realza lo feo de las cosas como ideal de conducta o simple moda.

Una mujer agraciada, no contenta con serlo, con frecuencia recurre a cosméticos e incluso a cirugías con el fin de realzar su belleza. Sus atributos femeninos son llevados al extremo de hacerse exagerados, sin obviar su evidente antinaturalidad.

Lo mismo sucede con varones jóvenes, adultos y a veces hasta maduros. Por otro lado, en ocasiones también se pretende exaltar lo evidentemente feo hasta el paroxismo de lo grotesco. Así, podemos ver gente cuya piel casi ha desaparecido para convertirse en un grafiti animado. Un cuerpo lleno de tatuajes pierde la belleza natural, es un mural ambulante de símbolos demasiadas veces cuestionables.

En el otro extremo, vemos casos de exaltación de lo feo en las artes y en otras actividades humanas. Así, por ejemplo, la fealdad en la música se ha propagado bastante: ritmos hipnotizantes y letras que dejan mucho qué desear Canciones populares hacen apología del crimen o de las bajas pasiones. En el cine y las series de moda, la violencia se exalta como si fuera un ideal de conducta, y la pornografía empaña al verdadero amor.

Y podríamos seguir enumerando casos en que la fealdad o el deseo de llevar al extremo la “belleza” daña la naturalidad. Nos viene a la mente la frase aristotélica “El arte imita a la naturaleza” (ars imitatum naturam). Hoy, a la naturaleza no se le imita, sino que se le distorsiona.

Distingamos bien entre belleza y fealdad. Exaltemos lo bello, evitemos lo feo en cualquier ámbito de nuestra vida. Y no olvidemos que hay que llenarnos de belleza según nuestras posibilidades, y así, más fácil se nos hará satisfacer nuestro anhelo de felicidad. 

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